jueves, 17 de enero de 2013

EL SASTRE VIVARACHO (por Boris Correa Monardes)


                      

            Este relato ocurrió antes de la época de oro de la ciudad de Arica, o sea en los años dorados del Puerto Libre, por allá en 1942, cuando el mundo se debatía en el caos y la incertidumbre de la Segunda Guerra Mundial que azotaba al continente europeo.
            Carlos González trabajaba en las oficinas de la Empresa  Ferrocarriles del Estado, situada al final de calle 21 de Mayo, cuyas dependencias sirven hoy para varios menesteres, menos para lo que fue construida, prestar servicios de traslado para pasajeros y mercaderías de Arica a Tacna.
            En esos años las telas fabricadas en Chile eran todas de mala calidad, se arrugaban demasiado y se desteñían con facilidad al primer lavado encogiendo también de una manera alarmante con la primera mojada. Los casimires importados tenían un costo prohibitivo para el ciudadano común y corriente que vivía de un salario normal. Por lo tanto el tener un terno o ambo de un casimir inglés era un lujo que pocos podían permitirse. Había que conformarse con el nacional, teniendo que soportar que la raya del pantalón se borrara fácilmente a la primera sentada en que no se arremangara un poquito la tela que cubría las piernas. De no hacerlo el bulto al costado de las rodillas era notorio, se les llamaba rodilleras y se veía muy mal en el conjunto con que hacían juego, el chaleco y el vestón, mal llamado paletó. Todavía quedamos muchos varones que tenemos el hábito de subirnos el pantalón cada vez que nos sentamos.
            Yo en esos años usaba pantalón corto por lo cual no tenía ningún problema de esta índole pero cuando llegué a la adolescencia me enseñaron a doblar prolijamente el pantalón por las noches antes de acostarme y colocarlo debajo de la almohada. Al día siguiente lo encontraba estiradito, como planchado, y la raya marcadita en su lugar.
            Pero que tiene que ver todo este cuento con el sastre del relato. Mucho. En esos tiempos los sastres y las modistas eran muy requeridos por la gente. No existía la profusión de ropa hecha que hay en la actualidad y comprarse un traje en una tienda del rubro era una falacia  que lo endeudaría por varios meses ya que no existían tiendas que dieran créditos más largos que dos o tres meses, y por poco dinero. A la gente tampoco le gustaba encalillarse porque el cumplimiento con el pago mensual era cosa de honor y no cumplir con ellos era muy mal mirado por la sociedad. O sea, eran otros tiempos.
            El sastre de apellido Girón era muy conocido en el sector del Mercado Municipal pues tenía su taller en el pasaje Sangra, al lado de la plazuela, mal llamada de los Cesantes, pues allí se juntaban a diario viejos jubilados y gente que trabajaba en el mercado ayudando en la carga y descarga de productos del agro a los abasteros, además de  los puestos de venta de pescado y carnicerías. Como este trabajo se ejecutaba sólo a tempranas horas de la mañana les quedaba la tarde libre para dormir en los bancos de esa plazuela después de haberse mandado al buche sus buenos platos de comida, acompañados, por supuesto,  por sendos cañones de vino de la casa, vaciados de enormes damajuanas o chuicos en el que venían envasados.
            González conocía de vista a este sastre pues viviendo en la calle Sotomayor hacía su recorrido diario para ir y regresar de su trabajo por esa arteria, que varios años después se convirtió, al amparo del comercio del puerto libre, en una gran feria de objetos importados. Por lo tanto no resulta raro que la tela que compró, con un pago al contado y dos cuotas mensuales, se la llevara al señor Girón, quién como buen comerciante, de origen peruano, le prometió que le confeccionaría el terno en dos semanas y alabó a Dios que le indicó a su cliente el lugar preciso donde debía asistir para la confección de la prenda más elemental de un verdadero caballero, porque, le dijo. En Arica hace mucha calor todo el año y pocos se atreven a vestirse con ternos y con la consabida corbata. Sólo los caballeros como usted, mi amigo, se dan ese gusto para admiración del sexo femenino, que le aseguro, mi amigo,  hará enloquecer de pasión a las hermosas muchachas casaderas de este querido puerto.  Don Carlos no le quiso contar que él ya estaba casado y en este pueblo tan pequeño no se puede ser infiel porque no falta el conocido que lo vea y se lo cuente a su mujer. Y como al sexo femenino le gusta comentar las cosas malas antes que las buenas de seguro que no tardaría en pasar mucho tiempo en que lo supiera todo el puerto. No... Estaba feliz siendo el monógamo de la casa y nunca se arriesgaría a una aventura por causa de su futuro terno con  chaleco y su buena pinta de maniquí de tienda.
            Después de tomarle las consabidas medidas le dio un plazo de una semana para ir a probarse la confección y después proceder a armarlo y coserlo. Eso tomaría otra semana, porque hay que hacer un trabajo muy prolijo, mi amigo. Tener clientes contentos y satisfechos es mi lema amigo,  pues de seguro que volverá o me recomendará a otros de sus compañeros de trabajo o conocidos. Esta es la clave de mi éxito en este rubro, mi amigo.  REC.  Rapidez, eficacia  y calidad.
            Carlos estaba contento, había caído sin pensar en muy buenas manos, y lo mejor, sin haber consultado a nadie sobre este sastre. Pura buena suerte que tiene uno, nomás. Dios ayuda al inocente, se dijo.
            Pasó una semana y al volver del trabajo saludaba efusivamente al señor Girón, al mismo que lo dejaría convertido en un Dandy con su traje de tres piezas, y aunque fuera de tela nacional, bien confeccionado pasaría como uno de tela importada. Además él pensaba usarlo los días domingos y en alguna ocasión especial nada más. No deseaba echarlo al trajín o para ir a la oficina, en la cual todos andaban en manga de camisas pues nunca, ni en pleno invierno, hacía frío.
            La gran sorpresa se la llevó al pasar una semana e irse a probar la prenda, tal como lo habían acordado al comienzo, cuando le llevó la tela y se le tomaron las medidas.
            El señor Girón lo miró con cara de consternación y con voz que parecía muy sincera le dijo: Querido amigo mío, me va a perdonar pero le tengo malas noticias. Carlos se sorprendió pero inmediatamente pensó; me va a salir con la mentira que no ha tenido tiempo y que pase a probarme en unos días más. Bueno, que se le va a hacer, casi todos los maestros, no importa la profesión que ejerzan, son iguales, buenos para prometer y pedir un adelanto del presupuesto y cuando llega la hora de cumplir siempre salen con excusas de las más inverosímiles, y hay que creerles nomás. Así es la vida. Pero esta vez estaba totalmente equivocado, la mala noticia no tenía parangón en la historia de los sastres. Era descabellada pero ahí estaba, imposible de creer, inaudita.
            El señor Guijón desapareció un instante y se dirigió al patio trasero volviendo casi de inmediato con un pedazo de tela de veinte centímetros y aun estilando de agua. La estrujó un poco y le dijo; Para no tener problemas después de confeccionar el traje la sumergí antes en agua para que perdiera la goma de fabricación que siempre traen adheridas y así el terno no le encogiera al primer lavado y perdiera el dinero invertido en su confección. Cual no sería mi sorpresa al ir a sacarlo de la artesa  y ver cuanto encogió. Me dije, el señor González no me va a creer lo que pasó, ni yo lo creo, primera vez que me pasa esto en mis veinte años de trabajo como sastre.
            Lo único que le aconsejaría es ir a la tienda donde lo compró y preguntar cuanto es lo que encoge esta tela con el agua. Ellos deben saberlo con toda seguridad pero no dicen nada al cliente para no perder la venta, después se desquitan con el fabricante, al cual sólo ellos pueden ubicar para el reclamo. Tome, lléveles la tela así mojada como está y exíjales que le devuelvan el dinero. Abusan con la gente del pueblo que no sabe nada de telas.
            Carlos hizo lo solicitado por el sastre y no se demoró ni una hora en volver  con la respuesta.
            Me dijeron que de una pieza de tela de ciento cincuenta  metros era posible que encogiera el dos por ciento, o sea, como tres metros a lo máximo, en el peor de los casos.
            ¡Ahí está pues, mi amigo!, le respondió el sastre. Justo a ti te dieron los tres metros que encogían.