martes, 5 de enero de 2010

EL MARIPOSÓN CIFUENTES, EL DESCONOCIDO Y LA CASTRO

(Minicuento)

por José G. Martínez Fernández.

Vivió muy poco tiempo –dos o tres meses- en un barrio de Arica, en los años posteriores a 1960, un joven de ojos brillante, de estatura respetable.
Gozaba de fama de atractivo entre las damas, pero el joven cuyo nombre no recuerdo, era totalmente ajeno a toda aventura sentimental y solía hablar poco.
En aquel tiempo yo tenía poco más de diez años.
El joven vivía y almorzaba en una casa de una cincuentona pobre.
Trabajaba, si mal no recuerdo, en el puerto.
Sólo tengo claro que tras él andaba un singular sujeto –pequeño de tamaño, hablador a más no dar-…que era llamado el maricón, por las señoras y caballeros del poblado.
Se llamaba Carlos Cifuentes.
El maricón Cifuentes, le decían en Arica, donde casi se conocían todos a pesar que la ciudad ya empezaba a despegar en crecimiento.
Él perseguía casi diariamente al joven que había llegado del sur con una historia cargada de dudas…Decía que se iría a trabajar a Bolivia…
Hostigado por el acoso de Carlos Cifuentes, el sureño un día le dio su buen puñete en la boca…señalándole que a él le gustaban las mujeres y no los mariposones.
Cifuentes lloró su desgracia y concurrió donde la Castro, una vieja retorcida, que juraba armar parejas cómo fuese, a cambio de alguna suma de dinero…
El homosexual -en una de sus visitas a la casa de la Castro- advirtió que ésta intentaba seducirlo, ante lo que apretó “a cien por hora”.
Conocida la historia entre los ariqueños se empezó a hablar de “la maratón del mariposón Cifuentes”.
Era el hazmerreír.
La Castro decía que ella jamás habría intentado abusar de tal persona. “No me gustan los colas”, dijo.
El joven sureño no se enteró jamás de esa anécdota porque aquello ocurrió cuando ya iba camino a Bolivia.
Dos meses más tarde llegaron noticias de ese país que decían que el extraño sureño había muerto en la guerrilla, combatiendo.
Muchas lágrimas corrieron por los ojos de hombres y mujeres ariqueños que le habían conocido. Nada había delatado en él al revolucionario.
No podían compartir sus ideas, quizás; pero les dolía su muerte.
El único que sonrió fue Cifuentes, hecho que conoció la mayoría de los ariqueños.
Desde ese momento no faltaron los habitantes de dicha ciudad que empezaron a rayar las paredes de los baños de los bares de la ciudad con la siguiente frase:
“Extraño sureño: HÉROE…Carlos Cifuentes, MARIPOSÓN”.
Y el rayado lo hacían con rabia.

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